Frankenstein
Frankenstein Volvió a reinar el silencio; pero sus palabras seguían resonando en mis oídos. Me consumía el deseo de perseguir al asesino de mi tranquilidad y hundirlo en el océano. Inquieto y preocupado paseaba de un lado a otro de la habitación, mientras la imaginación me asediaba con mil ideas torturantes. ¿Por qué no lo había perseguido y entablado con él un combate a muerte? Le había permitido escapar y ahora se dirigía hacia el continente. Temblaba al pensar en quién sería la próxima víctima sacrificada a su insaciable venganza. De pronto recordé sus palabras: «Estaré a tu lado en tu noche de bodas». Esa, pues, era la fecha en la que se cumpliría mi destino. Entonces moriría y, al tiempo, quedaría satisfecha y extinguida su maldad. Esto no me asustaba; pero la imagen de mi querida Elizabeth, derramando lágrimas de inconsolable dolor al ver que su marido le era arrebatado cruelmente, me hizo, por primera vez en muchos meses, prorrumpir en llanto, y decidí no sucumbir ante mi enemigo sin luchar.