Frankenstein
Frankenstein Así transcurrieron algunas horas, pero poco a poco, a medida que el sol caminaba hacia el horizonte, el viento fue remitiendo hasta convertirse en una suave brisa, y las olas se fueron calmando. Seguía habiendo una fuerte marejada, me encontraba mal, y apenas podía sujetar el timón, cuando de pronto divisé hacia el sur una franja de tierras altas. A pesar de lo agotado que estaba por la fatiga y la terrible emoción que había soportado durante algunas horas, esta repentina certeza de vida me llenó el corazón de cálida ternura, y las lágrimas empezaron a correrme por las mejillas.
¡Qué mudables son nuestros sentimientos y que extraño el apego que tenemos a la vida, incluso en los momentos de máximo sufrimiento! Con parte de mis vestidos confeccioné otra vela, y me afané por poner rumbo a tierra firme. Tenía un aspecto rocoso y salvaje, pero así que me acercaba vi claras muestras de cultivo. Había embarcaciones en la playa, y de pronto me encontré devuelto a la civilización. Recorrí las ondulaciones de la tierra y divisé al fin un campanario que asomaba por detrás de una colina. A causa de mi estado de extrema debilidad, decidí dirigirme directamente al pueblo como el lugar donde más fácilmente encontraría alimento. Afortunadamente llevaba dinero conmigo. Al doblar el promontorio vi ante mí un pequeño y aseado pueblo y un buen puerto en el que entré con el corazón rebosante de alegría tras mi inesperada salvación.