Frankenstein
Frankenstein Mientras me ocupaba en atracar la barca y arreglar las velas, varias personas se aglomeraron a mi alrededor. ParecÃan muy sorprendidas por mi aspecto, pero en lugar de ofrecerme su ayuda murmuraban entre ellos y gesticulaban de una manera que, en otras circunstancias, me hubiera alarmado. Pero en aquel momento sólo advertà que hablaban inglés, y, por tanto, me dirigà a ellos en ese idioma.
—Buena gente —dije—, ¿tendrÃan la bondad de decirme el nombre de este pueblo e indicarme dónde me encuentro?
—¡Pronto lo sabrá! —contestó un hombre con brusquedad—. Quizá haya llegado a un lugar que no le guste demasiado; en todo caso le aseguro que nadie le va a consultar acerca de dónde querrá usted vivir.
Me sorprendió enormemente recibir de un extraño una respuesta tan áspera; también me desconcertó ver los ceñudos y hostiles rostros de sus compañeros.
—¿Por qué me contesta con tanta rudeza? —le pregunté—: no es costumbre inglesa el recibir a los extranjeros de forma tan poco hospitalaria.
—Desconozco las costumbres de los ingleses —respondió el hombre—; pero es costumbre entre los irlandeses el odiar a los criminales.