Frankenstein

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Mientras se desarrollaba este diálogo la muchedumbre iba aumentando. Sus rostros demostraban una mezcla de curiosidad y cólera, que me molestó e inquietó. Pregunté por el camino que llevaba a la posada; pero nadie quiso responderme. Empecé entonces a caminar, y un murmullo se levantó de entre la muchedumbre que me seguía y me rodeaba. En aquel momento se acercó un hombre de aspecto desagradable y, cogiéndome por el hombro, dijo:

—Venga usted conmigo a ver al señor Kirwin. Tendrá que explicarse.

—¿Quién es el señor Kirwin? ¿Por qué debo explicarme?, ¿no es éste un país libre?

—Sí, señor; libre para la gente honrada. El señor Kirwin es el magistrado, y usted deberá explicar la muerte de un hombre que apareció estrangulado aquí anoche.

Esta respuesta me alarmó pero pronto me sobrepuse. Yo era inocente y podía probarlo fácilmente; así que seguí en silencio a aquel hombre, que me llevó hasta una de las mejores casas del pueblo. Estaba a punto de desfallecer de hambre y de cansancio; pero, rodeado como me encontraba por aquella multitud, consideré prudente hacer acopio de todas mis energías para que la debilidad física no se pudiera tomar como prueba de mi temor o culpabilidad. Poco esperaba entonces la calamidad que en pocos momentos iba a caer sobre mí, ahogando con su horror todos mis miedos ante la ignominia o la muerte.


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