Frankenstein

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Estos fueron mis primeros pensamientos; pero más tarde supe que el señor Kirwin había mostrado gran amabilidad para conmigo. Había ordenado que se me instalara en la mejor celda de la prisión (aunque bien sórdida era), y se había encargado de procurarme el médico y la enfermera. Cierto que no solía venir a visitarme; pues, aunque deseaba mitigar los sufrimientos de todo ser humano, no quería presenciar las angustias y delirios de un asesino. Venía de vez en cuando, para comprobar que no estaba desatendido; pero se quedaba poco, y espaciaba mucho sus visitas.

Un día, cuando empezaba a recobrarme, me sentaron en una silla. Tenía los ojos entornados y las mejillas pálidas, me invadían la tristeza y el abatimiento y pensaba si no sería mejor buscar la muerte antes que permanecer encerrado o, en el mejor de los casos, volver a un mundo repleto de desgracias. Consideré incluso si no sería mejor declararme culpable y sufrir, con más razón que Justine, el castigo de la ley. Me encontraba pensando en esto, cuando se abrió la puerta y entró el señor Kirwin. Su rostro denotaba amabilidad y compasión. Acercó una silla y me dijo en francés:

—Me temo que este lugar le resulte muy desagradable; ¿puedo hacer algo para que se encuentre más cómodo?


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