Frankenstein
Frankenstein —Joven, hubiera creÃdo que la presencia de su padre lo agradarÃa, en lugar de inspirarle tan violenta repugnancia.
—¡Mi padre! —exclamé, mientras sentÃa que cada músculo se relajaba, y en mi alma la angustia se tornaba en alegrÃa—. ¿Ha venido de verdad mi padre? ¡Qué felicidad! Pero ¿dónde está?, ¿por qué no entra?
El cambio sorprendió y agradó al magistrado; quizá atribuyó mi anterior exclamación a un momentáneo retorno del delirio, e instantáneamente recobró su benevolencia. Levantándose, abandonó la celda con la enfermera, y al momento entró mi padre.
En ese momento nada podrÃa haberme alegrado más que su llegada. Tendiendo hacia él los brazos, exclamé:
—¿Entonces estás a salvo?; ¿y Elizabeth?; ¿y Ernest?
Mi padre me tranquilizó, asegurándome que todos estaban bien, e intentó, hablándome de estos temas tan entrañables para mÃ, levantarme el ánimo; pero pronto se dio cuenta de que una cárcel no era el lugar más propicio para la alegrÃa.
—¡Qué sitio este para vivir, hijo mÃo! —dijo, observando con tristeza las enrejadas ventanas y el aspecto siniestro del cuarto—. Partiste de viaje en busca de distracciones; pero parece perseguirte la fatalidad. ¡Y el pobre Clerval…!