Frankenstein

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—Hasta un par de días después de que cayera enfermo, no se me ocurrió examinar sus ropas con el fin de descubrir algún dato que me permitiera enviar a sus familiares noticias de su enfermedad. Encontré varias cartas, y entre ellas una que, a juzgar por el encabezamiento, era de su padre. Escribí de inmediato a Ginebra, y desde entonces han transcurrido casi dos meses. Pero está usted enfermo; tiembla. Hay que evitarle cualquier emoción.

—Estas dudas son mil veces más horribles que la peor noticia. Dígame cuál ha sido la siguiente muerte que ha habido y qué debo llorar.

—Su familia se encuentra bien —dijo el señor Kirwin con dulzura—; y alguien, un amigo, ha venido a visitarlo.

No sé qué asociación de ideas me hizo pensar que el asesino había venido a burlarse de mis desgracias y a utilizar la muerte de Clerval de señuelo para que accediera a sus diabólicos deseos. Tapándome la cara con las manos, exclamé con desesperación:

—¡Lléveselo! No quiero verlo. Por el amor de Dios, que no entre.

El señor Kirwin me miró sorprendido. No podía por menos de considerar mi arrebato como prueba de mi culpabilidad, y con tono severo dijo:


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