Frankenstein
Frankenstein Pero, a medida que mejoraba, me iba invadiendo una sombría melancolía que nada lograba despejar. La espantosa imagen de Henry asesinado me rondaba constantemente. Más de una vez la agitación que este recuerdo me producía les hacía temer a mis amigos que sufriera una nueva recaída. ¿Por qué se esforzaban en salvar una vida tan miserable y odiosa? Sin duda para permitirme cumplir el destino del cual ya estoy cerca. Pronto, sí, muy pronto, la muerte acallará estos latidos y me librará del terrible fardo de angustias que me doblega hasta el suelo; y, cuando haya hecho justicia, también yo podré descansar ya. Pero entonces la muerte se hallaba aún muy lejos de mí, a pesar de que el deseo de morir ocupaba todos mis pensamientos. A menudo permanecía sentado, inmóvil y silencioso, esperando alguna inmensa catástrofe que me aniquilaría a mí a la vez que a mi destructor.
Se acercaba el momento de las sesiones. Ya llevaba en la cárcel tres meses; y aunque seguía estando muy débil y continuaba el peligro de una recaída, tuve que viajar unas cien millas hasta la ciudad en la que se encontraba el tribunal. El señor Kirwin se encargó de convocar a los testigos y de organizar mi defensa. Me evitaron la vergüenza de aparecer en público como un asesino, puesto que no llevaron el caso ante el tribunal de convictos de homicidio.