Frankenstein

Frankenstein

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La acusación fue desestimada, al comprobarse que yo estaba en las islas Orcadas cuando se halló el cadáver de mi amigo; y quince días después de haberme trasladado a la capital estaba en libertad.

Mi padre tuvo una inmensa alegría al saberme absuelto del cargo de asesinato, y de pensar que ya podía volver a respirar el aire libre y regresar a nuestra patria. Yo no compartía estos sentimientos; las paredes de la cárcel no me resultaban más odiosas que las de un palacio. Mi vida se había visto emponzoñada para siempre; y, aunque el sol brillaba para mí igual que para aquellos cuyo corazón rebosara de alegría, a mi alrededor no había más que densas y temibles tinieblas, en las que la única luz que penetraba la proporcionaban dos ojos clavados en mí. A veces eran los expresivos ojos de Henry, apagados por la muerte, las negras órbitas casi ocultas por los párpados, bordeados de largas pestañas oscuras; otras eran los acuosos ojos del monstruo, tal como los vi la primera vez en mi cuarto de Ingolstadt.






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