Frankenstein
Frankenstein Mi padre intentaba despertar en mà sentimientos de afecto. Hablaba de Ginebra, donde pronto llegarÃamos, de Elizabeth, de Ernest; pero la mención de estos nombres sólo lograba arrancarme profundos suspiros. HabÃa veces en que deseaba ser feliz, y pensaba con melancólica dicha en mi hermosa prima; o añoraba, con una desesperada nostalgia, ver de nuevo el lago azul y el veloz Ródano que tanto habÃa querido en mi juventud; pero mi estado general era de apatÃa, y tanto me daba la cárcel como el más maravilloso paisaje de la naturaleza; y estos ataques de pesimismo sólo se veÃan interrumpidos por el paroxismo de la angustia y la desesperación. En aquellos momentos, con frecuencia intentaba poner fin a esa existencia que tanto odiaba; y se precisaron un cuidado y una vigilancia continuos para impedir que cometiera algún acto de violencia.
Recuerdo que, al abandonar la cárcel, oà decir a uno de los hombres:
—Puede que sea inocente del crimen, ¡pero está claro que tiene mala conciencia!
Estas palabras se me quedaron grabadas. ¡Mala conciencia!, era cierto. William, Justine, Clerval habÃan muerto vÃctimas de mis infernales maquinaciones.