Frankenstein

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No había caballos disponibles, y tuve que hacer el viaje a través del lago, aunque el viento no era favorable y llovía torrencialmente. Sin embargo, apenas había amanecido y podía confiar en estar en casa por la noche. Contraté algunos remeros, y yo mismo tomé uno de los remos, pues siempre había notado que el ejercicio físico paliaba los sufrimientos del espíritu. Pero lo inmenso de mi pesar y el exceso de agitación que había padecido me impedían cualquier esfuerzo. Dejé el remo, y apoyando la cabeza entre las manos me abandoné al dolor. Al levantar la vista veía los parajes que me eran familiares de los tiempos lejanos de mi felicidad, y que aún el día anterior había contemplado con la que ahora no era sino una sombra y un recuerdo. Lloré amargamente. La lluvia había cesado unos instantes, y vi los peces jugando en el agua igual que lo habían hecho pocas horas antes bajo la mirada de Elizabeth. Nada hay tan doloroso para la mente humana como un cambio brusco y profundo. Podía brillar el sol, o las nubes ensombrecer el cielo; para mí ya nada podía volver a ser lo mismo que el día anterior. Un infame me había arrebatado todas mis esperanzas de felicidad. No habrá habido jamás criatura tan desgraciada como yo; suceso tan espeluznante es único en la historia del hombre.




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