Frankenstein
Frankenstein ¿Qué fue entonces de mí? No lo sé; perdí la noción de todo, y me vi envuelto en cadenas y tinieblas. Soñaba, a veces, que con los amigos de juventud vagaba por alegres valles y prados llenos de flores; pero despertaba una y otra vez en la misma celda. A esto seguía la melancolía, pero poco a poco fui cobrando una idea exacta de mis aflicciones y de mi situación, y por fin me liberaron. Me habían creído loco y, como supe más tarde, durante muchos meses estuve encerrado en una celda solitaria.
Pero la libertad hubiera sido un fútil regalo, si al recobrar la razón no hubiera recobrado a la vez un deseo de venganza. Así que iba recuperando el recuerdo de mis desdichas, empecé a pensar en su causa: el monstruo que había creado, el miserable demonio que, para mi ruina, había traído al mundo. Al pensar en él, me invadía una enloquecedora furia y entonces, deseando que cayera en mis manos, rezaba para que así fuera y pudiera desatar sobre su infame cabeza una inmensa y mortal venganza.
Mi cólera no se satisfizo mucho tiempo con inútiles deseos; empecé a pensar en cómo podía perseguirlo; a este fin, un mes después de puesto en libertad, me dirigí a uno de los jueces de la ciudad, diciéndole que quería formular una acusación; dije que conocía al asesino de mis familiares, y que le rogaba que ejerciera toda su autoridad para que se le detuviera.