Frankenstein

Frankenstein

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Cuando podía, seguía el curso de los ríos; pero el infame engendro solía evitarlos por ser los lugares más poblados por los habitantes del país. En los lugares donde encontraba pocos seres humanos me alimentaba de los animales salvajes que se cruzaban en mi camino. Tenía dinero, y me, ganaba las simpatías de los campesinos distribuyéndolo, o repartiendo, entre aquellos que me habían permitido el uso de su fuego y utensilios de cocina, la caza que, tras separar la porción que destinaba a mi alimento, me sobraba.

Esta vida me asqueaba, y únicamente mientras dormía saboreaba algo de alegría. ¡Bendito sueño! A menudo, encontrándome en el límite de mi angustia, me tendía a dormir, y los sueños me proporcionaban la ilusión de felicidad. Los espíritus que velaban por mí me deparaban estos momentos, mejor dicho, estas horas de felicidad, a fin de que pudiera retener las fuerzas suficientes para proseguir mi peregrinación. De no ser por este respiro, hubiera sucumbido bajo mis angustias. Durante el día, me mantenía y animaba la perspectiva de la noche, pues en mis sueños veía a mis familiares, a mi esposa y a mi amado país; veía de nuevo la bondadosa faz de mi padre, oía la cristalina voz de Elizabeth y encontraba a Clerval rebosante de salud y juventud.



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