Frankenstein
Frankenstein Aunque continuaba esquivándome, seguí sus pasos por las estepas de Tartaria y de Rusia. A veces, campesinos, atemorizados por su horrenda aparición, me informaban de la dirección que había tomado; otras, él mismo, temeroso de que si perdía toda esperanza me desesperara y muriera, dejaba tras de sí algún indicio para que me guiara. Cuando cayeron las nieves, hallé en la llanura la huella de su gigantesco pie. Para usted, que se encuentra comenzando la vida, que desconoce el sufrimiento y el dolor, es imposible saber lo que he padecido y aún padezco. El frío, el hambre y la fatiga eran los males menores que hube de aguantar; me maldijo un demonio, y llevo un infierno dentro de mí; sin embargo, algún espíritu bueno siguió y dirigió mis pasos, y me libraba de pronto de dificultades aparentemente insalvables. A veces, cuando vencido por el hambre me encontraba ya exhausto, encontraba en el desierto una comida reparadora que me devolvía las energías y me prestaba de nuevo aliento; eran alimentos toscos, del tipo que tomaban los campesinos de la región, pero no dudo de que los había depositado allí el espíritu que había invocado en mi ayuda. Muchas veces, cuando todo estaba seco, el cielo despejado y yo me encontraba sediento, aparecía una pequeña nube en el firmamento que, tras dejar caer algunas gotas para reavivarme, desaparecía.