Frankenstein
Frankenstein Desde la profunda quietud de la noche, me llegó entonces una estruendosa y diabólica carcajada. Resonó en mis oídos larga y dolorosamente; los montes me devolvieron su eco, y sentí que el infierno me rodeaba burlándose y riéndose de mí. En aquel momento, de no ser porque aquello significaba que mi juramento había sido escuchado y que me aguardaba la venganza, me hubiera dejado dominar por el frenesí y hubiera acabado con mi existencia miserable[94]. La carcajada se fue extinguiendo, y una voz, familiar y aborrecida, me susurró con claridad, cerca del oído:
—¡Estoy satisfecho, miserable criatura! Has decidido vivir, y eso me satisface.
Corrí hacia el lugar de donde procedía el sonido, pero aquel demonio me eludió. De pronto salió la luna, iluminando su horrenda y deforme silueta, que se alejaba con velocidad sobrenatural.
Lo perseguí; y desde hace varios meses ese es mi objetivo. Siguiendo una vaga pista, recorrí el curso del Ródano, pero en vano; hasta llegar a las azules aguas del Mediterráneo. Casualmente, una noche vi cómo el infame ser abordaba y se escondía en un bajel con destino al Mar Negro. Zarpé en el mismo barco; pero escapó, ignoro cómo.