Frankenstein
Frankenstein Hacía algunas semanas que me había procurado un trineo y unos perros, lo que me permitía cruzar la nieve a gran velocidad. Ignoraba si aquel infame ser disfrutaba de la misma ventaja que yo; pero vi que, así como antes había ido perdiendo terreno, ahora me iba acercando más a él; tanto es así, que cuando divisé el océano sólo me llevaba un día de ventaja y esperaba poder alcanzarlo antes de llegar a la orilla. Con renovado valor proseguí mi carrera, y al cabo de dos días llegué a una miserable aldea de la costa. Pregunté a los habitantes por aquel villano y me dieron datos precisos. Un gigantesco monstruo, dijeron, había llegado la noche anterior, armado con una escopeta y varias pistolas, haciendo huir, atemorizados ante su espantoso aspecto, a los habitantes de una solitaria cabaña. Les había robado sus provisiones para el invierno, y las había puesto en un trineo, al cual ató varios perros amaestrados que asimismo robó. Esa misma noche, y ante el alivio de aquellas asustadas personas, había reanudado su viaje sobre el helado océano en dirección a un punto donde no había tierra alguna; suponían que pronto sería destruido por alguna de las grietas que con frecuencia se abrían en el hielo, o que moriría de frío.