Frankenstein
Frankenstein Estas burlonas palabras reavivaron mi valor y perseverancia. Decidí no fallar en mi resolución; e, invocando la ayuda de los cielos, continué con infatigable ahínco cruzando aquella desértica región hasta que, en la lejanía, apareció el océano, último límite en el horizonte. ¡Qué distinto de los azules mares del sur! Cubierto de hielo, sólo se diferenciaba de la tierra por una mayor desolación y desigualdad. Los griegos lloraron de emoción al ver el Mediterráneo desde las colinas de Asia[95], y celebraron con entusiasmo el fin de sus vicisitudes. Yo no lloré; pero me arrodillé y, con el corazón rebosante, agradecí a mis espíritus el que me hubieran guiado sano y salvo hasta el lugar donde esperaba, pese a las burlas de mi enemigo, poder enfrentarme con él.