Frankenstein

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No era éste momento para entretenerme; desaté los arneses del perro muerto, di de comer a los restantes en abundancia y, tras descansar una hora, lo cual era imprescindible, aunque estaba inquieto por continuar, proseguí mi camino. Aún veía el trineo en la lejanía; no volví a perderlo de vista, excepto cuando algún saliente de las rocas de hielo lo ocultaba. Iba ganándole terreno; y cuando, al cabo de dos días, me encontré a menos de una milla de mi enemigo, temí que el corazón me estallara de alegría.

Pero, justo entonces, cuando estaba a punto de darle alcance, mis esperanzas se vieron de pronto truncadas, y perdí todo rastro de él. Empecé a oír el bramido del mar; las olas se abatían furiosamente bajo la capa de hielo, y notaba cómo se henchían y se hacían más amenazadoras y terribles. En vano intenté proseguir. El viento se levantó; el mar rugía; y, como con la tremenda sacudida de un terremoto, se abrió el hielo con un ruido atronador. Pronto concluyó todo; en pocos minutos, un agitado mar me separó de mi enemigo, y me hallé flotando sobre un témpano de hielo, que menguaba por momentos y me preparaba una horrenda muerte.




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