Frankenstein

Frankenstein

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—Cuando era joven —me dijo un día— sentía como si hubiera nacido para llevar a cabo grandes cosas. Tengo una naturaleza sensible; pero poseía entonces una serenidad de juicio que me capacitaba para triunfar. Este convencimiento de mi valía me ha sostenido en situaciones en que otros hubieran sucumbido; pues me parecía poco digno malgastar en vanas lamentaciones unos talentos que podían ser de utilidad a mis semejantes. Cuando recuerdo lo que he conseguido, nada menos que la creación de un ser racional y sensible, no me puedo considerar simplemente como uno más entre el conjunto de científicos. Pero esta sensación, que me sostenía al principio de mi carrera, ahora sólo sirve para hundirme más en la miseria. Todas mis esperanzas y proyectos no son nada, y, como el arcángel que aspiraba al poder supremo, me encuentro ahora encadenado en un infierno eterno. Tenía una viva imaginación y a la vez una gran capacidad de análisis y concentración; mediante la estrecha colaboración de estas dos cualidades concebí la idea, y llevé a cabo la creación de un hombre. Incluso ahora no puedo rememorar con serenidad las ilusiones que me invadían mientras no tuve terminado el trabajo. Llegaba con la imaginación hasta las más altas esferas, a veces exultante de júbilo ante mi poder, otras estremecido al pensar en las consecuencias de mi investigación. Desde pequeño había concebido las mayores ambiciones y esperanzas; ¡cómo me he hundido! Amigo mío, si me hubiera conocido antaño, no me reconocería en mi actual estado de denigración. Desconocía casi por completo lo que era el desánimo; parecía estar destinado a un brillante porvenir, hasta que me hundí para siempre.


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