Frankenstein
Frankenstein Mencioné en la última carta el temor que tenía a que se produjera un motín. Esta mañana, mientras contemplaba el ceniciento rostro de mi amigo —los ojos entornados y los miembros inertes—, me interrumpieron media docena de marineros, que querían entrar en el camarote. Les hice pasar; y el que actuaba de portavoz se dirigió a mí. Me dio que él y sus compañeros habían sido elegidos por el resto de la tripulación para que, a modo de delegación, me comunicaran una petición, a la que en justicia no me podía negar. Estábamos cercados por el hielo, y probablemente no lograríamos escapar; pero temían que, si acaso, como era posible, el hielo cediera, Y se abriera un camino, yo fuera lo bastante imprudente como para querer continuar mi viaje, y los condujera a nuevos peligros, después de haber salvado éste felizmente. Pedían, pues, que me comprometiera bajo solemne promesa a que, si el barco quedaba libre, me dirigiría de inmediato al sur.