Frankenstein
Frankenstein Su voz se ahogaba; y mis primeros impulsos, que me inducían a la obligación de cumplir el último deseo de mi amigo, y destrozar a aquel ser, se vieron frenados por una mezcla de curiosidad y compasión. Me acerqué a esta extraña criatura; no me atrevía a mirarlo, pues había algo demasiado pavoroso e inhumano en su fealdad. Traté de hablar, pero las palabras se me quedaron en los labios. El monstruo seguía profiriendo exaltadas y confusas recriminaciones. Por fin logré dominarme y, aprovechando una pausa en su agitado monólogo, dije:
—Tu arrepentimiento es ya superfluo. Si hubieras escuchado la voz, de la conciencia, y atendido a los dardos del remordimiento, antes de llevar tu diabólica sed de venganza hasta este extremo, Frankenstein seguiría vivo.
—¿Imagina —respondió la infernal criatura— que era insensible al dolor y al remordimiento? Él —continuó, señalando el cadáver—, él no ha sufrido nada con la consumación del hecho; no ha sufrido ni la milésima parte de angustia que yo durante el distendido proceso. Me impulsaba un terrible egoísmo, a la par que el remordimiento me torturaba el corazón. ¿Piensa que los estertores de Clerval eran música para mí? Tenía el corazón sensible al amor y la ternura; y cuando mis desgracias me empujaron hacia el odio y la maldad, no soporté la violencia del cambio sin sufrir lo que usted jamás podrá imaginar.