Frankenstein
Frankenstein Regresé a casa no del todo disgustado, pues hacía tiempo que yo mismo consideraba inútiles a aquellos autores tan desaprobados por el profesor, si bien no me sentía demasiado inclinado a leer los libros que conseguí bajo su recomendación. El señor Krempe era un hombrecillo fornido, de voz ruda y desagradable aspecto, y por tanto me predisponía poco en favor de su doctrina. Además yo sentía cierto desprecio por la aplicación de la filosofía natural moderna. Era muy distinto cuando los maestros de la ciencia buscaban la inmortalidad y el poder; tales enfoques, si bien carentes de valor, tenían grandeza; pero ahora el panorama había cambiado. El objetivo del investigador parecía limitarse a la aniquilación de las expectativas sobre las cuales se fundaba todo mi interés por la ciencia. Se me pedía que trocara quimeras de infinita grandeza por realidades de escaso valor.