Frankenstein
Frankenstein Transcurrió el verano mientras yo seguía entregado a mi objetivo en cuerpo y alma. Fue un verano hermosísimo; jamás habían producido los campos cosecha más abundante ni las cepas, mayor vendimia; pero yo estaba ciego a los encantos de la naturaleza. Los mismos sentimientos que me hicieron insensible a lo que me rodeaba me hicieron olvidar aquellos amigos, a tantas, millas de mí, a quienes no había visto en mucho tiempo. Sabía que mi silencio les inquietaba, y recordaba claramente las palabras de mi padre: «Mientras estés contento de ti mismo, sé que pensarás en nosotros con afecto, y sabremos de ti. Me disculparás si tomo cualquier interrupción en tu correspondencia como señal de que también estás abandonando el resto de tus obligaciones».
Por tanto, sabía muy bien lo que mi padre debía sentir; pero me resultaba imposible apartar mis pensamientos de la odiosa labor que se había aferrado tan irresistiblemente a mi mente. Deseaba, por así decirlo, dejar a un lado todo lo relacionado con mis sentimientos de cariño hasta alcanzar el gran objetivo que había anulado todas mis anteriores costumbres.