Frankenstein
Frankenstein Mi padre no me reprochaba nada en sus cartas. Su manera de hacerme ver que reparaba en mi silencio era preguntándome con mayor insistencia por mis ocupaciones. El invierno, primavera y verano pasaron mientras yo continuaba mis tareas, pero tan absorto estaba que no vi romper los capullos o crecer las hojas, escenas que otrora me habían llenado de alegría. Aquel año las hojas se habían ya marchitado cuando mi trabajo empezaba a tocar su fin, y cada día traía con mayor claridad nuevas muestras de mi éxito. Pero la ansiedad reprimía mi entusiasmo, y más que un artista dedicado a su entretenimiento preferido tenía el aspecto de un condenado a trabajos forzados en las minas o cualquier otra ocupación insana. Cada noche tenía accesos de fiebre y me volví muy nervioso, lo que me incomodaba, ya que siempre había disfrutado de excelente salud y había alardeado de dominio de mí mismo. Pero pensé que el ejercicio y la diversión pronto acabarían con los síntomas, y me prometí disfrutar de ambos en cuanto hubiera completado mi creación.