Frankenstein

Frankenstein

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¡Ay!, Ningún mortal podría soportar el horror que inspiraba aquel rostro. Ni una momia reanimada podría ser tan espantosa como aquel engendro. Lo había observado cuando aún estaba incompleto, y ya entonces era repugnante; pero cuando sus músculos y articulaciones tuvieron movimiento, se convirtió en algo que ni siquiera Dante hubiera podido concebir.

Pasé una noche terrible. A veces, el corazón me latía con tanta fuerza y rapidez que notaba las palpitaciones de cada arteria, otras casi me caía al suelo de pura debilidad y cansancio. Junto a este horror, sentía la amargura de la desilusión. Los sueños que; durante tanto tiempo habían constituido mi sustento y descanso se me convertían ahora en un infierno; ¡y el cambio era tan brusco, tan total!

Por fin llegó el amanecer, gris y lluvioso, e iluminó ante mis agotados y doloridos ojos la iglesia de Ingolstadt, el blanco campanario y el reloj, que marcaba las seis. El portero abrió las verjas del patio, que había sido mi asilo aquella noche, y salí fuera cruzando las calles con paso rápido, como si quisiera evitar al monstruo que temía ver aparecer al doblar cada esquina. No me atrevía a volver a mi habitación; me sentía empujado a seguir adelante pese a que me empapaba la lluvia que, a raudales, enviaba un cielo oscuro e inhóspito.


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