Frankenstein

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Seguí caminando así largo tiempo, intentando aliviar con el ejercicio el peso que oprimía mi espíritu. Recorrí las calles, sin conciencia clara de dónde estaba o de lo que hacía. El corazón me palpitaba con la angustia del temor, pero continuaba andando con paso inseguro, sin osar mirar hacia atrás:

Como alguien que, en un solitario camino,

Avanza con miedo y terror,

Y habiéndose vuelto una vez, continúa,

Sin volver la cabeza ya más,

Porque sabe que cerca, detrás,

Tiene a un terrible enemigo[44].

Así llegué por fin al albergue donde solían detenerse las diligencias y carruajes. Aquí me detuve, sin saber por qué, y permanecí un rato contemplando cómo se acercaba un vehículo desde el final de la calle. Cuando estuvo más cerca vi que era una diligencia suiza. Paró delante de mí y al abrirse la puerta reconocí a Henry Clerval, que, al verme, bajó enseguida.

—Mi querido Frankenstein —gritó—. ¡Qué alegría! ¡Qué suerte que estuvieras aquí justamente ahora!


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