Frankenstein

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Nada podría igualar mi gozo al verlo. Su presencia traía recuerdos de mi padre, de Elizabeth y de esas escenas hogareñas tan queridas. Le estreché la mano y al instante olvidé mi horror y mi desgracia. Repentinamente, y por primera vez en muchos meses, sentí que una serena y tranquila felicidad me embargaba. Recibí, por tanto, a mi amigo de la manera más cordial, y nos encaminamos hacia la universidad. Clerval me habló durante algún rato de amigos comunes y de lo contento que estaba de que le hubieran permitido venir a Ingolstadt.

—Puedes suponer lo difícil que me fue convencer a mi padre de que no es absolutamente imprescindible para un negociante el no saber nada más que contabilidad. En realidad, creo que aún tiene sus dudas, pues su eterna respuesta a mis incesantes súplicas era la misma que la del profesor holandés de El Vicario de Wakefield[45]: «Gano diez mil florines anuales sin saber griego, y como muy bien sin saber griego».

—Me hace muy feliz volver a verte, pero dime cómo están mis padres, mis hermanos y Elizabeth.

—Bien, y contentos; aunque algo inquietos por la falta de noticias tuyas. Por cierto, que yo mismo pienso sermonearte un poco. Pero, querido Frankenstein —continuó, deteniéndose de pronto y mirándome fijamente—, no me había dado cuenta de tu mal aspecto. Pareces enfermo; ¡estás muy pálido y delgado! Como si llevaras varias noches en vela.


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