Frankenstein

Frankenstein

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Subimos a mi cuarto, y el criado enseguida nos sirvió el desayuno; pero me costaba dominarme. No era júbilo lo único que me embargaba. Sentía que un hormigueo de aguda sensibilidad me recorría todo el cuerpo, y el pecho me latía fuertemente. Me resultaba imposible permanecer quieto; saltaba por encima de las sillas, daba palmas y me reía a carcajadas. En un principio Clerval atribuyó esta insólita alegría a su llegada. Pero al observarme con mayor detención, percibió una inexplicable exaltación en mis ojos. Sorprendido y asustado ante mi alboroto irrefrenado y casi cruel, me dijo:

—¡Dios Santo!, ¿Víctor, qué te sucede? No te rías así. Estás enfermo. ¿Qué significa todo esto?

—No me lo preguntes —le grité, tapándome los ojos con las manos, pues creí ver al aborrecido espectro deslizándose en el cuarto—. Él te lo puede decir. ¡Sálvame! ¡Sálvame!

Me pareció que el monstruo me asía; luché violentamente, y caí al suelo con un ataque de nervios.

¡Pobre Clerval! ¿Qué debió pensar? El reencuentro, que esperaba con tanto placer, se tornaba de pronto en amargura. Pero yo no fui testigo de su dolor; estaba inconsciente, y no recobré el conocimiento hasta mucho más tarde.


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