Frankenstein
Frankenstein Mi tÃo y yo hablamos durante largo rato anoche acerca de la profesión que Ernest debÃa elegir. Las continuas enfermedades de su niñez le han impedido crear hábitos de estudio. Ahora que goda de buena salud, suele pasar el dÃa al aire libre, escalando montañas o remando en el lago. Yo sugiero que se haga granjero; ya sabes, primo, que esto ha sido un sueño que siempre ha acariciado. La vida del granjero es sana y feliz y es la profesión menos dañina, mejor dicho, más beneficiosa de todas. Mi tÃo pensaba en la abogacÃa para que, con su influencia, pudiera luego hacerse juez. Pero, aparte de que no está capacitado para ello en absoluto, creo que es más honroso cultivar la tierra para sustento de la humanidad que ser el confidente e incluso el cómplice de sus vicios, que es la tarea del abogado. De que la labor de un granjero próspero, si no más honrosa, sà al menos era más grata que la de un juez, cuya triste suerte es la de andar siempre inmiscuido en la parte más sórdida de la naturaleza humana. Ante esto, mi tÃo esbozó una sonrisa, comentando que yo era la que debÃa ser abogado, lo que puso fin a la conversación.