Frankenstein
Frankenstein El señor Krempe no fue tan delicado. En el estado de hipersensibilidad en el que estaba, sus alabanzas claras y rudas me hicieron más que la benévola aprobación del señor Waldman.
—¡Maldito chico! —exclamó—. Le aseguro, señor Clerval, que nos ha superado a todos. Piense lo que quiera, pero asà es. Este chiquillo, que hace poco creÃa en Cornelius Agrippa como en los evangelios, se ha puesto a la cabeza de la universidad. Y si no lo echamos pronto, nos dejará en ridÃculo a todos… ¡Vaya, vaya! —continuó al observar el sufrimiento que reflejaba mi rostro—, el señor Frankenstein es modesto, excelente virtud en un joven. Todos los jóvenes debieran desconfiar de sà mismos, ¿no cree, señor Clerval? A mÃ, de muchacho, me ocurrÃa, pero eso pronto se pasa.
El señor Krempe se lanzó entonces a un elogio de su persona, lo que felizmente desvió la conversación del tema que tanto me desagradaba.