Frankenstein
Frankenstein Una de mis primeras obligaciones tras mi recuperación era presentar a Clerval a los distintos profesores de la universidad. Al hacerlo, pasé muy malos ratos, poco convenientes a las heridas que había sufrido mi mente. Desde aquella noche fatídica, final de mi labor y principio de mis desgracias, sentía un violento rechazo por el mero nombre de filosofía natural. Incluso cuando me hube restablecido por completo, la sola visión de un instrumento químico reavivaba mis síntomas nerviosos. Henry lo había notado, y retiró todos los aparatos. Cambió el aspecto de mi habitación, pues observó que sentía repugnancia por el cuarto que había sido mi laboratorio. Pero estos cuidados de Clerval no sirvieron de nada cuando visité a mis profesores. El señor Waldman me hirió aceradamente al alabar, con ardor y amabilidad, los asombrosos adelantos que había hecho en las ciencias. Pronto observó que me disgustaba el tema, pero, desconociendo la verdadera razón, lo atribuyó a mi modestia y pasó de mis progresos a centrarse en la ciencia misma, con la intención de interesarme. ¿Qué podía yo hacer? Con su afán de ayudarme, sólo me atormentaba. Era como si hubiera colocado ante mí, uno a uno y con mucho cuidado, aquellos instrumentos que posteriormente se utilizarían para proporcionarme una muerte lenta y cruel. Me torturaban sus palabras, mas no osaba manifestar el dolor que sentía. Clerval, cuyos ojos y sensibilidad estaban siempre prontos para intuir las sensaciones de los demás, desvió el tema, alegando como excusa su absoluta ignorancia, y la conversación tomó un rumbo más general. De corazón le agradecí esto a mi amigo, pero no tomé parte en la charla. Vi claramente que estaba sorprendido, pero nunca trató de extraerme el secreto. Aunque lo quería con una mezcla de afecto y respeto ilimitados, no me atrevía a confesarle aquello que tan a menudo me volvía a la memoria, pues temía que, al revelárselo a otro, se me grabaría todavía más.