Frankenstein
Frankenstein Henry disfrutaba con mi alegrÃa y compartÃa mis sentimientos. Se esforzaba por distraerme mientras me comunicaba sus impresiones. En esta ocasión, sus recursos fueron verdaderamente asombrosos; su conversación era animadÃsima y a menudo inventaba cuentos de una fantasÃa y pasión maravillosas, imitando los de los escritores árabes y persas. Otras veces repetÃa mis poemas favoritos, o me inducÃa a temas polémicos argumentando con ingenio.
Regresamos a la universidad un domingo por la noche. Los campesinos bailaban y las gentes con las que nos cruzábamos parecÃan contentas y felices. Yo mismo me sentÃa muy animado y caminaba con paso jovial, lleno de desenfado y júbilo.