Frankenstein

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Vuelve, Víctor; no con pensamientos de venganza contra el asesino, sino con sentimientos de paz y cariño que curen nuestras heridas en vez de ahondar en ellas. Únete a nuestro luto, hijo, pero con dulzura y cariño para quienes te quieren y no con odio para con tus enemigos.

Tu afligido padre que te quiere,

ALPHONSE FRANKENSTEIN

Ginebra, 12 de mayo de 17…

Clerval, que me había estado observando mientras leía la carta, se sorprendió al ver la desesperación en que se trocaba la alegría que había expresado al saber que habían llegado noticias de mis amigos[49]. Tiré la carta sobre la mesa y me cubrí el rostro con las manos.

—Querido Frankenstein —dijo al verme llorar con amargura—, ¿habrás de ser siempre desdichado? ¿Qué ha ocurrido, amigo mío?

Le indiqué que leyera la carta, mientras yo paseaba arriba y abajo de la habitación lleno de angustia. Las lágrimas le corrieron por las mejillas a medida que leía y comprendía mi desgracia.

—No puedo ofrecerte consuelo alguno, amigo mío —dijo—, tu pérdida es irreparable. ¿Qué piensas hacer?

—Ir de inmediato a Ginebra. Acompáñame, Henry, a pedir los caballos.


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