Frankenstein
Frankenstein Mientras caminábamos, Clerval se desvivÃa por animarme, no con los tópicos usuales, sino manifestando su más profunda amistad.
—Pobre William. Aquella adorable criatura duerme ahora junto a su madre. Sus amigos lo lloramos y estamos de luto, pero él descansa en paz. Ya no siente la presión de la mano asesina; el césped cubre su dulce cuerpo y ya no puede sufrir. Ya no se le puede compadecer. Los supervivientes somos los que más sufrimos, y para nosotros el tiempo es el único consuelo. No debemos esgrimir aquellas máximas de los estoicos de que la muerte no es un mal y que el hombre debe estar por encima de la desesperación ante la ausencia eterna del objeto amado. Incluso Catón lloró ante el cadáver de su hermano[50].
Asà hablaba Clerval mientras cruzábamos las calles. Las palabras se me quedaron grabadas, y más tarde las recordé en mi soledad. En cuanto llegaron los caballos, subà a la calesa, y me despedà de mi amigo.