Frankenstein
Frankenstein El viaje fue triste. Al principio iba con prisa, pues estaba impaciente por consolar a los míos; pero á medida que nos acercábamos a mi ciudad natal aminoré la marcha. Apenas si podía soportar el cúmulo de pensamientos que se me agolpaban en la mente. Revivía escenas familiares de mi juventud, escenas que no había visto hacía casi seis años. ¿Qué cambios habría habido en ese tiempo? Se había producido de repente uno brusco y desolador; pero miles de pequeños acontecimientos podían haber dado lugar, poco a poco, a otras alteraciones, no por más tranquilas menos decisivas. Me invadió el miedo. Temía avanzar, aguardando miles de inesperados e indefinibles males que me hacían temblar.
Me quedé dos días en Lausana, sumido en este doloroso estado de ánimo. Contemplé el lago: sus aguas estaban en calma, todo a mí alrededor respiraba paz y los nevados montes, «palacios de la naturaleza»[51], no habían cambiado. Poco a poco, el maravilloso y sereno espectáculo me restableció, y proseguí mi viaje hacia Ginebra.