Carmilla
Carmilla Angustia
Habían pasado como diez meses desde que le habíamos visto por última vez; pero ese tiempo había bastado para que se produjera en su aspecto una diferencia de años. Había adelgazado. Un no sé qué tenebroso e inquieto había tomado el lugar de aquella cordial serenidad que solía caracterizar sus rasgos. Sus ojos azul oscuro, siempre penetrantes, brillaban ahora con una luz más severa debajo de sus pobladas cejas grises. No era uno de esos cambios que el solo dolor provoca a veces, y pasiones más enfurecidas parecían haber contribuido a su realización.
No hacía mucho que habíamos reanudado nuestro paseo cuando el general empezó a hablar, en su habitual forma directa de soldado, del robo, según él lo designaba, de que había sido objeto con la muerte de su querida sobrina y pupila; y luego estalló, en un tono de intensa amargura y furor, rompiera en invectivas contra las «artes diabólicas» de las que la muchacha había sido víctima, expresando, con más exasperación que piedad, su asombro ante el hecho de que el Cielo tolerara tan monstruosa entrega a la lascivia y malignidad del infierno.