Carmilla
Carmilla —Hemos sido muy viejos amigos; sabÃa que lo sentirÃa usted por mÃ, sabiendo que no tengo hijos. Ella se habÃa convertido para mà en objeto del más cariñoso interés, y me recompensaba con un afecto que alegraba mi hogar y daba felicidad a mi vida. Todo esto se ha ido. No pueden ser muchos los años que me quedan sobre esta tierra; pero, por la misericordia de Dios, espero rendir a la humanidad un servicio antes de morir, y servir a la venganza del Cielo contra los diablos que han asesinado a mi pobre niña en la primavera de sus esperanzas y su belleza.
—DecÃa, hace un momento, que iba a relatar todo lo ocurrido —dijo mi padre—. Hágalo, se lo ruego; le aseguro que no es la mera curiosidad la que me apremia.
Por entonces habÃamos llegado al punto en que el camino de Drunstall, por el que habÃa venido el general, se bifurca del camino por el que nos dirigÃamos a Karnstein.
—¿A qué distancia están las ruinas? —inquirió el general mirando ansiosamente hacia adelante.
—Como a media legua —respondió mi padre—. Por favor, cuéntenos la historia que ha tenido la bondad de prometernos.