Carmilla
Carmilla »Se presentó a sà misma diciendo que su madre era una vieja amiga de la mÃa. Hablaba de la agradable audacia que un baile de máscaras hace permisible; hablaba como una amiga; admiraba el vestido de mi niña, e insinuaba, muy afablemente, su admiración por su belleza. La divirtió con crÃticas burlescas a la gente que llenaba la sala de baile, y se reÃa con las bromas de mi pobre niña. Era muy aguda y tenÃa mucha vivacidad cuando querÃa, y, al cabo de un rato, se habÃan hecho muy buenas amigas; y la joven extraña se quitó la máscara, mostrando un rostro notablemente hermoso, que yo jamás habÃa visto antes, ni tampoco mi querida niña. Pero, aun siendo nuevo para nosotros, sus facciones eran tan agraciadas, y tan encantadoras, que era imposible no experimentar poderosamente su atracción. Eso le ocurrió a mi pobre niña. Nunca he visto a nadie encapricharse tanto de otra persona a primera vista, como no fuera, a decir verdad, aquella misma forastera, que parecÃa haber enloquecido por mi niña.
»Entretanto, valiéndome de la licencia de un baile de máscaras, le hice no pocas preguntas a la dama mayor.
»—Me ha desconcertado por completo —le dije, riendo—. ¿No le basta con eso? ¿No consentirá usted en ponerse en igualdad conmigo, teniendo la bondad de quitarse la máscara?