Carmilla
Carmilla »Valiéndose del privilegio de su máscara, se volvió hacia mí, y, en tono de vieja amistad y llamándome por mi nombre, inició una conversación conmigo, conversación que estimuló mucho mi curiosidad. Aludió a muchos escenarios en que se había topado conmigo: en la Corte, en casas distinguidas. Se refirió a pequeños incidentes en los que hacía tiempo que yo no pensaba, pero que, según descubrí, habían permanecido dormidos en mi memoria, ya que, a sus palabras, cobraban vida inmediatamente.
»Cada momento sentía yo mayor curiosidad por averiguar quién era. Paró mis intentos de descubrirlo de un modo muy hábil y gracioso. El conocimiento que demostraba tener de distintos episodios de mi vida me parecía casi inexplicable; y parecía obtener un placer nada ilógico frustrando mi curiosidad y viéndome tropezar, en mi impaciente perplejidad, en estas y aquellas conjeturas.
»Entretanto, la joven dama, a la que su madre llamó con el curioso nombre de Millarca cuando se dirigió a ella una o dos veces, había entrado en conversación con mi pupila, con la misma facilidad y gracia.