Carmilla
Carmilla »Mi querida niña tenía un aspecto realmente hermoso. No llevaba máscara. Su excitación y su deleite añadían un encanto inexpresable a sus facciones, siempre bonitas. Me fijé en una joven dama, espléndidamente vestida, pero que llevaba máscara, que me pareció que observaba a mi pupila con extraordinario interés. Ya la había visto antes, por la tarde, en la gran sala, y otra vez, durante unos pocos minutos, caminando cerca de nosotros por la terraza que estaba debajo de las ventanas del castillo, en actitud similar. Otra dama, también con máscara, vestida rica y severamente, y con un aire soberbio, como de persona de rango, la acompañaba como dueña. Si la joven dama no hubiera llevado máscara, hubiera yo podido, naturalmente, estar mucho más seguro acerca de si realmente vigilaba a mi pobre niña. Ahora estoy totalmente seguro de que sí.
»Estábamos ahora en uno de los salones. Mi pobre y querida niña había estado bailando, y descansaba un rato en una de las sillas que estaban cerca de la puerta. Yo estaba a su lado. Las dos damas que he mencionado se acercaron, y la más joven tomó el asiento contiguo al de mi pupila, mientras que su acompañante se quedaba a mi lado, durante un rato, estuvo hablando en voz baja a la joven que estaba bajo su responsabilidad.