Carmilla
Carmilla —¡Principescas! Y, luego, su hospitalidad es absolutamente regia. Tiene la lámpara de Aladino. La noche en que empezó mi dolor estuvo dedicada a un magnífico baile de máscaras. Se hizo al aire libre; había lámparas de colores colgadas de los árboles. Hubo un despliegue de fuegos artificiales como ni siquiera París ha presenciado jamás. Y una música… La música, ¿saben?, es mi debilidad… ¡Qué música tan embriagadora! Era quizá la mejor banda instrumental del mundo, y había los mejores cantantes que pudieron reunirse de todos los grandes teatros operísticos de Europa. Mientras uno vagaba por esas tierras fantásticamente iluminadas, con el château a la luz de la luna arrojando por sus largas hileras de ventanas una luz rosada, se oían súbitamente esas voces embelesadoras deslizándose desde el silencio de algún soto o elevándose de los botes del lago. Yo me sentía, mientras miraba y escuchaba, transportado hacia el romance y la poesía de mi primera juventud.
»Cuando terminaron los fuegos de artificio y empezó el baile, volvimos al noble conjunto de salas que se habían abierto para los bailarines. Un baile de máscaras, ¿saben?, es un hermoso espectáculo; pero espectáculo tan brillante como aquél no lo había yo visto antes.
»Era una asamblea muy aristocrática. Yo mismo era prácticamente el único “don nadie” presente.