Carmilla
Carmilla »—Creo que no voy a decÃrselo, general; planea usted un ataque por sorpresa, y está meditando por dónde dar el asalto.
»—Por lo menos, no me negará —le dije— que, puesto que me honra autorizándome a conversar, deberÃa saber cómo dirigirme a usted. ¿He de decir Madame la Comtesse?
»Se rió, y, sin duda, me hubiera replicado con otra evasiva… si es que puedo considerar como sujetas a posibilidad de modificación accidental las evoluciones de una conversación cada una de cuyas circunstancias, según creo ahora, habÃa sido estudiada por anticipado.
»—En cuanto a esto… —empezó; pero se vio interrumpida, casi en el momento de abrir los labios, por un caballero vestido de negro, de aire particularmente elegante y distinguido, con esta reserva: su rostro era el más mortalmente pálido que yo haya visto nunca, salvo en los muertos. No iba disfrazado, sino vestido con el sencillo traje de un caballero; y dijo, sin una sonrisa, pero con una reverencia cortés e inusualmente profunda:
»—¿Me permitirá Madame la Comtesse decirle unas pocas palabras que quizá sean de su interés?
»La dama se volvió hacia él apresuradamente, y se llevó un dedo a los labios en signo de silencio; luego me dijo: