Carmilla

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»Lo aceptamos, naturalmente, y la acompañamos a la ventana. Miramos hacia fuera, y vimos un hermoso carruaje anticuado, con muchos criados a caballo y lacayos. Vimos la delgada figura del pálido caballero de negro, que sostenía un grueso manto de terciopelo; lo puso sobre los hombros de la dama, y le echó la capucha sobre la cabeza. Ella le hizo un signo, y se limitó a tocarle la mano. Él se inclinó repetidamente mientras la puerta se cerraba, y el carruaje empezó a moverse.

»—Se ha ido —dijo Millarca, con un suspiro.

»—Se ha ido —me repetí a mí mismo, por primera vez en los momentos de apresuramiento que habían transcurrido de mi consentimiento, reflexionando sobre lo poco razonable de mi actuación.

»—No ha levantado la mirada —dijo la joven dama, quejumbrosamente.

»—Quizá la condesa se haya quitado la máscara, y no quiera mostrar su rostro y no podía saber que estaba usted en la ventana.

»Suspiró, y me miró a la cara. Era tan hermosa que me enternecí. Me irritó haberme arrepentido momentáneamente de mi hospitalidad, y decidí resarcirla por la inconfesada rudeza de mi acogida.


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