Carmilla
Carmilla »La última indicación que me hizo fue que no se realizara ningún intento de saber de ella más de lo que hubiera supuesto hasta aquel momento, hasta su regreso. Nuestro distinguido anfitrión, del que era huésped, conocÃa sus razones.
»—Pero aquà —dijo—, ni yo ni mi hija podrÃamos permanecer a salvo durante más de un dÃa. Me quité imprudentemente la máscara durante un momento, hace cosa de una hora, y demasiado tarde, pensé que usted me veÃa. De modo que busqué una oportunidad para hablarle un rato. Si hubiera descubierto que sà me habÃa visto, hubiera confiado a su alto sentido del honor el guardar mi secreto algunas semanas. Luego me convencà de que no me habÃa visto; pero si ahora sospecha, o, reflexionando, llega a sospechar quién soy, me entrego igualmente, y enteramente, a su honor. Mi hija observará el mismo secreto, y sé muy bien que usted se lo recordará de vez en cuando, no sea que sin pensarlo vaya a revelarlo.
»Habló en susurros a su hija unos momentos, la besó apresuradamente dos veces, y se marchó, acompañada por el pálido caballero de negro, desapareciendo entre la multitud.
»—En la habitación contigua —dijo Millarca— hay una ventana que da sobre la puerta principal. Me gustarÃa ver irse a mamá, y despedirla con la mano.