Carmilla
Carmilla »En otro momento le hubiera dicho que esperara un poco, al menos hasta saber quiénes eran. Pero no dispuse de un momento para pensarlo. Las dos damas me atacaron simultáneamente, y debo confesar que el refinado y hermoso rostro de la joven dama, rostro en el que había un no sé qué extremadamente atrayente, junto con la elegancia y el resplandor de la buena cuna, me decidieron; y, totalmente vencido, me sometí, y acepté, con demasiada facilidad, tomar a mi cargo a la joven dama, a la que su madre llamaba Millarca.
»La condesa le hizo un signo a su hija, que la escuchó con grave atención mientras le contaba, a rasgos generales, que había sido requerida súbita y perentoriamente, y también el arreglo que había hecho conmigo de que quedara a mi cargo, añadiendo que yo era uno de sus más antiguos y apreciados amigos.
»Yo, naturalmente, hice los discursillos que la ocasión parecía exigir, y me encontré, al pensarlo dos veces, en una posición que no me gustaba en absoluto.
»Volvió el caballero de negro, y, muy ceremoniosamente, acompañó a la dama fuera de la sala.
»La actitud de aquel caballero era tal como para convencerme de que la condesa era una dama de mucha mayor importancia de lo que su modesto título me hubiera hecho por sí solo suponer.