Carmilla

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»Entonces percibí, con toda su fuerza, una nueva locura en el haber aceptado la responsabilidad sobre una joven dama sin ni siquiera conocer su apellido; y, como estaba encadenado por promesas impuestas sin conocer yo las razones para ello, no podía siquiera orientar mi búsqueda diciendo que la joven dama extraviada era la hija de la condesa que había partido unas pocas horas antes.

»Llegó el amanecer. Era plena luz cuando abandoné mi búsqueda. No fue sino cerca de las dos de la tarde del día siguiente cuando tuvimos alguna noticia de la desaparecida dama a mi cargo.

»Hacia esa hora, un sirviente llamó a la puerta de mi sobrina, y, le dijo que una joven dama, que parecía encontrarse en un gran apuro, le había pedido vehementemente que averiguaran dónde podría encontrar al general barón Spielsdorf y a su joven hija, a cuyo cuidado le había dejado su madre.

»Era indudable que, a pesar del pequeño descuido, habíamos recobrado a nuestra joven amiga; y así fue. ¡Quisiera Dios que la hubiéramos perdido!



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