Carmilla
Carmilla Ya puedes imaginarte lo extraña que me sentí cuando oí mis propios síntomas tan exactamente descritos en aquellos que había sufrido la pobre muchacha que, de no ser por la catástrofe que siguió, hubiera sido, en aquel momento, una huésped del castillo de mi padre. ¡Ya supondrás, también, cómo me sentí cuando le oí detallar costumbres y misteriosas peculiaridades que eran, de hecho, las de nuestra hermosa huésped, Carmilla!
Se abrió un claro en el bosque. Nos encontramos de repente bajo las chimeneas y los gabletes del pueblo en ruinas, y las torres y las murallas almenadas del castillo desmantelado, alrededor del cual se aprietan árboles gigantescos, pendían sobre nosotros desde una pequeña colina.
En un ensueño aterrado bajé del carruaje; y lo hice en silencio, porque cada uno de nosotros tenía abundante tema de reflexión. Pronto hubimos ascendido la cuesta, y nos encontramos en las espaciosas habitaciones, las escaleras de caracol y los oscuros corredores del castillo.