Carmilla

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—Habrá tiempo, querido amigo —replicó el general—. Creo que ya he visto a la modelo; y una razón que me ha inducido a visitarle antes de lo que inicialmente me propuse ha sido explorar la capilla a la que ahora nos acercamos.

—¡Cómo! ¿Que ha visto a la condesa Mircalla? —exclamó mi padre—. ¡Pero si está muerta desde hace más de un siglo!

—No tan muerta como usted se imagina, según me han dicho —respondió el general.

—Confieso, general, que me tiene usted muy desconcertado —replicó mi padre, mirándole por un momento, según me pareció, con un recrudecimiento de la sospecha que antes yo había detectado.

Pero aunque por momentos hubiera ira y abominación en las maneras del anciano general, no había, sin embargo, nada caprichoso en ellas.

—Sólo me queda —dijo, mientras pasábamos debajo del pesado arco de la iglesia gótica, que, por sus dimensiones, podía justificar el estar ejecutado en aquel estilo— una sola cosa capaz de interesarme en los pocos años que me quedan en esta tierra, y esta cosa es tomarme de ella la venganza que, gracias a Dios, todavía puede cumplir un brazo mortal.

—¿A qué venganza se refiere? —preguntó mi padre, con asombro creciente.


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