Carmilla
Carmilla —Me refiero a decapitar al monstruo —respondió, poniéndose colorado de furor, y dando en el suelo un golpe, con el pie que resonó lúgubremente a través de la ruina vacía; y, en el mismo instante, levantó el puño cerrado, como asiendo el mango de un hacha, y lo blandió ferozmente al aire.
—¡Cómo! —exclamó mi padre, más atónito que nunca.
—Cortarle la cabeza.
—¡Cortarle la cabeza!
—Sí, con un hacha; una azada, o cualquier cosa que pueda abrirse paso en su garganta asesina. Óigame —respondió, temblando de furia. Y, apretando el paso, dijo—: Este madero puede servir de asiento; su querida hija está cansada; que se siente, y, en pocas frases, terminaré mi terrible relato.
El bloque escuadrado de madera, tirado sobre el suelo cubierto de hierbas del piso de la capilla, formaba un banco en el que me sentí encantada de sentarme; y, entretanto, el general llamó al leñador, que había estado cortando algunas ramas que crecían contra los viejos muros; y, hacha en mano, el atrevido anciano se erguía frente a nosotros.