Carmilla

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Él no podía contarnos nada sobre aquellos monumentos; pero había un viejo, nos dijo, un guarda de aquel bosque, que estaba alojado en casa del sacerdote, a unas dos millas, que podía indicar cualquier monumento de la familia Karnstein y, por una pequeña propina, aceptó ir a por él y traerlo, si le prestábamos uno de nuestros caballos, en poco más de media hora.

—¿Hace tiempo que trabaja usted en este bosque? —le preguntó mi padre al anciano.

—He sido leñador aquí —respondió, en su patois—, a las órdenes del guardabosque, toda mi vida; y lo fue mi padre antes que yo, y así generación tras generación, hasta donde puedo contarlas. Podría mostrarles, ahí, en el pueblo, la casa misma en que vivieron mis ascendientes.

—¿Cómo fue que el pueblo quedó abandonado? —preguntó el general.

—Fue perturbado por los que vuelven[2], señor; varios de ellos fueron acosados hasta sus tumbas, allí identificados con las pruebas usuales, y aniquilados del modo usual, por decapitación, por estaca o por fuego; pero no antes de que muchos de los del pueblo hubieran muerto.


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